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Geografía y Crecimiento Urbano. Paisajes y Problemas Ambientales |
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Es decir que cada paisaje tiene un dinamismo propio que imprime constantes variaciones en sus componentes, en su configuración y en su apariencia, energía ésta impulsada por fuerzas endógenas (propias del paisaje, como componentes ambientales del sitio, características de la situación -a diversas escalas- del paraje en cuestión sumada a la acción de los grupos humanos que lo ocupan y organizan) y exógenas (exteriores, provenientes de espacios cercanos o lejanos, con variada magnitud y constancia, tales como políticas de tierras, estrategias económicas a nivel regional, nacional e internacional, como la globalización misma). Indudablemente que el proceso de urbanización, es unos de los vectores más dinámicos al configurarse aquellos paisajes netamente antropógenos, ya que las transformaciones producidas por este fenómeno generan continuos y acelerados cambios en la fisonomía de un espacio dado, visibles en un par de lustros o décadas, muy especialmente en los últimos 40 años. Obviamente que, estos impulsos, estarán acordes al rango de cada centro urbano y su trascendencia en la vida regional, nacional e internacional. Las ciudades o conurbanos con rango de metrópolis regionales nacionales o continentales, son las que muestran mayores variaciones y una mayor dinamización de su paisaje y el de sus comarcas vecinas, sean estas ambientes naturales, espacios periurbanos (suburbanos, vorurbanos, rururbanos) y/o áreas rurales, con toda una gama de fisonomías mixtas y ecotonos o paisajes transicionales. Claro esta que cada uno de estos paisajes comparten, con mayor o menor rigor, las huellas o impronta de la ocupación y organización del espacio por los grupos humanos a través de distintos usos del suelo, los que se traducen primero en un impacto ambiental, y en unos cuantos años en problemas ambientales, de ser estas actividades agresivas y constantes al no respetar tiempos, ciclos y procesos naturales del entorno. La valoración del paisaje, aunque parece sustentarse en ciertos aspectos instintivos, es esencialmente cultural y aprendida; puede ser mejorada o afianzada y, por consiguiente, también enseñada. Distintas civilizaciones y culturas han tomado en consideración el paisaje en diferentes momentos históricos y lo han cargado de sentidos o matices particulares; en unos casos se pone mayor énfasis sobre aspectos ambientales, en otros sobre los sensoriales, saludables o estéticos. Pero actualmente la existencia de una palabra que lo designa expresamente, su representación icónica con el propósito de transmitir las peculiaridades de un lugar o los valores generales en él percibidos están presentes en todas las sociedades. En el aprecio social del paisaje reside la causa principal para convertirlo en un derecho individual, premisa sustentada en una de las ideas más vivamente propagadas durante las tres últimas décadas del siglo XX, el anhelo de vivir en un ambiente digno y sano.
URBANIZACIÓN, PAISAJES Y PROBLEMAS AMBIENTALES Frente al proceso de urbanización y su dinámica se establece un nuevo sistema de relaciones sustentado por nuevos parámetros funcionales (ambientales, demográficos, de flujos, de usos del suelo, etc.) que surgen y se nutren de vínculos, avances, roces, conflictos e interdependencias entre la ciudad y el campo, entre esta y su periferia, y entre esta última y el ámbito rural y toda una gama de transiciones entre lo urbano, suburbano, rural y natural. En la actualidad, en cualquier ciudad intermedia, grande o conurbano, la identificación de límites y fronteras entre el ámbito natural no urbanizado y el espacio urbanizado es difícil, puesto que el atributo urbano se ha expandido de modo discontinuo, de acuerdo con el fenómeno denominado paraurbanización y que puede tener carácter periurbano, rururbano o vorurbano. En las periferias urbanas, precisamente, aparecen multitud de nuevos usos que no se pueden calificar ni de propiamente urbanos ni de exactamente rurales tales como invernaderos y quintas semiurbanizadas, equipamientos diversos, campus universitarios, almacenes mayoristas, clubes, cementerios parques, etc. (periurbanización); las áreas naturales protegidas por sus valores paisajísticos y ecológicos, como una alta biodiversidad, presencia de rarezas y endemismos, etc., restan como fragmentos aislados en la matriz periurbana y frecuentemente están sometidas a intensas presiones. Además, del mismo modo pueden encontrarse complejos turísticos, industrias aisladas, centros de investigación, complejos militares, etc., en ámbitos rurales, así como grandes infraestructuras (rururbanización). Por último, hay todo tipo de restos paisajísticos en los resquicios de las grandes infraestructuras viales, energéticas, etc., sentenciados a ser finalmente extinguidos por el espacio periurbano (vorurbanización). Al respecto, valen aquí las apreciaciones de Neil Smith (1996) quien sostiene que la ciudad contemporánea vive grandes transformaciones tanto en sus límites exteriores como en su espacio interno, unas mutaciones que subrayan época por cuanto cambian las relaciones socioespaciales y sus formas, por ende sus paisajes derivados. Para Joan Vicente Rufí (2000) es este urbanista quien recupera las conceptualizaciones del geógrafo franco-norteamericano Jean Gottmann (1961) que, en los años sesenta del siglo XX, expresaba “la nueva frontera es la urbana y la suburbana”, investigador que junto con otros autores como Jane Jacobs y Lewis Mumford, observó el proceso de suburbanización de la sociedad de los Estados Unidos como un nuevo modo de colonización y de “conquista” de territorios “vírgenes”. Una continuación del mito de la frontera —del go west— tan presente en la historia de ese país. N. Smith, en los umbrales del siglo XXI, revaloriza y recupera la expresión de “la nueva frontera urbana y suburbana” aplicándola a la ciudad contemporánea, signada por los cambios tecnológicos, por la globalización de la economía, por las migraciones y por la puesta en cuestión de los modelos urbanos y urbanísticos determinantes de la segunda mitad del siglo pasado. Indudablemente que estos cambios paisajísticos connotan modificaciones tantos estructurales o de componentes e interacciones tanto en los ecosistemas naturales del sitio como en los ecosistemas culturales surgidos de la ocupación y organización del espacio por el grupo humano que da origen al asentamiento urbano. Se aprecia entonces, en la actualidad, que el avance de las edificaciones, las calles, las redes de servicios (agua, luz, cloacas) impactan sobre el medio y alteran considerablemente el paisaje natural original, en nuestro caso específico [Área Metropolitana del Gran Resistencia (AMGR)] algunos de los ejemplos más notables son la degradación y la destrucción de los espacios naturales, la colmatación de cuencas (lagunas, ríos y bajos) y la proliferación de basurales a cielo abierto, de incorrecta ubicación, que generan problemas socioambientales graves como focos ígneos de compuestos tóxicos, generación y propagación de vectores de enfermedades infecciosas, contaminación de suelos y napas freáticas, y además el surgimientos de barrios de excluidos sociales, que viven de “cirujeo” en sus proximidades. Esta problemática responde, como en otras partes del mundo, según los responsables del Proyecto LIFE de la Comunidad Económica Europea a que “los cambios que se han producido en los hábitos de consumos, unidos a la desidia y la falta de sensibilidad ambiental de los ciudadanos, han originado por una parte un aumento en la producción de residuos y por otro la aparición de vertederos incontrolados distribuidos alrededor de los núcleos de población. Esta situación unida a que la mayor parte de los vertederos municipales o mancomunados no cumplen las mínimas medidas de control a originado una disminución de la calidad ambiental”.... A esto podemos agregar citando Arnaud, A. (2000) que la cantidad promedio de residuos son muy variables, pero termino medio para un habitante de una ciudad de país desarrollado es de 1 kg de desecho por días, y según Bosch, D. (1998) en el Área Metropolitana del Gran Resistencia [conurbano motivo del estudio que forma parte este escrito] en 1996 representaba 0,46 kg al día por persona, que equivaldrían para el municipio de Resistencia unas 120 toneladas diarias, incluyendo residuos domésticos, comerciales y del barrido de calles. Bien vale recordar, como una aseveración más de lo analizado hasta aquí, la opinión del arquitecto panameño Jorge Ricardo Riba (2007) quien dice “Si en algo se asemejan las grandes ciudades de América Latina es en su arquitectura globalizada y altos edificios los cuales no pueden esconder las evidencias de la pobreza, así se empuja hacia la periferia a grandes núcleos de población carentes de los esenciales servicios básicos en un vano intento de diluirla en el paisaje. El urbanismo y su correspondiente infraestructura, las áreas públicas, transporte, los servicios comunales, los parques con las normas apropiadas se ignoran. Se asesina ecológicamente el paisaje natural ya que el lucro es lo que impera.” Claro está entonces, especialmente en las últimas décadas, que el crecimiento sostenido, rápido y generalmente desordenado de los centros urbanos sin medidas mínimas de ordenamiento urbano que respetaran las peculiaridades del sistema natural, han generando problemas ambientales, sociales y paisajísticos notorios, lo cual adquiere un dramatismo singular, pues el uso del suelo con fines urbanos es irreversible.
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